La Historia es un Hechizo. La Historia es un Maleficio.

Traducción al castellano de The Story is a Spell. The Story is a Curse publicado por Aevee Bee el 15 de Agosto de 2016. La portada del artículo es del tumblr de Worst Girls Games.

Escribí este ensayo a principios del año pasado. Todavía me gusta; estoy publicándolo en medium sin editarlo porque lo referencio todo el tiempo, y nunca deja de ser relevante, cuando al momento de hablar de “representación”, se siente que a veces la gente haría literalmente cualquier cosa excepto dejarnos contar nuestras historias.  Creo que está bastante claro a estas alturas que representación es un término que está siendo apropiado por el marketing como un tilde en una lista, y por eso creo que vale la pena recordar cuál es la diferencia entre eso y algo honesto y por qué importa. Pedir representación sin desafiar cómo el derecho de contar la historia es monopolizado y por quién es una conversación acerca de cómo pueden vendernos algo. No es una conversación sobre representación. Por eso estoy en contra de eso.

Importa quién nos escribe. Hay un libro que si bien tiene algunos problemas aún me gusta mucho llamado The Ticking Is The Bomb (El Tictac es la Bomba). Al autor le gusta irse por las ramas y contar pequeñas anécdotas sobre su vida o simplemente hablar sobre canciones e historias y shows de TV mientras hace foco en una escena o letra que significa algo profundo y personal para él. Yo busco actos creativos que nazcan de la crítica, y este libro de no ficción sobre historias ficticias escrito por un poeta es una personificación extraña de esa cruza de géneros. Me gusta cómo es conciente de que la narrativa que creó para sí mismo son estos retazos cosidos entre sí de literatura y cultura popular y no es pedante respecto de dónde viene. Es un poco un forro pero se creó este mundo para sí mismo de un modo maravilloso y las personas se merecen eso y un poco creo que se lo ganó.

En fin, hay una parte del libro donde dice “a veces, la historia que contamos acerca de nosotros puede ser una especie de hechizo.” Las historias pueden ser un puente entre quienes somos ahora y quien todavía no somos. La narrativa nos permite existir no solamente acá y ahora y en esta carne sino también en ese espacio de posibilidades; es el hechizo que nos puede cambiar. No podés cambiar si no sabés de esta magia; el cómo no puede existir si no conocés el cómo. Podés sentir la necesidad en tus entrañas tan fuertemente que te duela cada minuto de tu vida, pero todo lo que conocés es la ausencia hasta que la historia te muestra el camino. Cuando la posibilidad es nombrada, cuando la historia es contada, pasa a ser posible que un día sea real.

Si esto es cierto, que las historias sobre nuestras propias personas son una especie de hechizo, entonces tal vez también es cierto que las historias que otros cuentan sobre nuestras personas pueden convertirse en una especie de maleficio. Las historias son los límites de lo posible, lo que significa que también pueden ser las reglas de la realidad, o lo que se percibe como reglas, que es tan fuerte como las leyes de la física si no podés imaginar ninguna otra posibilidad. ¿Quién tiene la posibilidad de contar la historia? ¿De quién son las historias que son celebradas? ¿Las historias de quién son las más verdaderas? Las historias pueden elevar a quienes tienen el poder y restringir a quienes son oprimidos. Tan insidiosa como la historia que niega nuestra existencia es la historia que nos permite una existencia condicional. Acá tenés los términos de la femineidad. Acá, para vos, tenés reglas sobre la femineidad más estrictas y penas más duras por romperlas. Acá están los términos que nuestras narrativas le enseñaron al resto del mundo que pueden esperar de vos, de lo que les es permitido respecto de vos, de lo que tienen derecho y de lo que tienen autorizado a tomar de vos. Y así sucesivamente.

Eso fue abstracto, así que voy a hablar sobre mirar animé y ser transexual. Escribo acerca de esto en twitter a veces, pero creo que es importante que, en un mundo tan saturado de cultura popular que es imposible evitar que joda con tu cerebro, tenemos que aprender cómo asegurarnos que efectivamente no nos mate. No podés existir fuera de la cultura, así que en lugar de proponer ridículamente que de algún modo trates de estar por encima de ella o vivir fuera de ella, quiero hablar de cómo vivir en medio de ella y entenderla y hacerla nuestra.

Un tema que es distinto y separado del arte en sí mismo (en teoría, pero tal vez raramente en la práctica) es el autor de la obra. En teoría, y esto es lo que es enseñado sin ser sometido a crítica en la academia y en clases de escritura creativa, es que lo que importa es el oficio en la obra, no la identidad o la historia de la persona que la escribió. Vas a encontrar montones de referencias a Roland Barthes y la muerte del autor en esto. Voy a poner esto a un costado para lidiar específicamente con ello en un momento, porque quiero dejar en claro que enteramente separado de la relación entre la persona autora y su identidad con su trabajo es el hecho de la persona autora existiendo en el mundo. Este es un tipo diferente de representación, pero creo que en general es más importante para la gente marginalizada ser celebrada por contar historias que celebrar las historias sobre gente marginalizada. Dejando de lado la calidad del trabajo, la existencia de estxs personxs es su propia historia: la historia de que existimos y podemos contar historias. Merecemos contar historias, y merecemos ser conocidxs e incluso ¡que se nos pague por ellas! En un mundo donde la mayoría de las personas pueden ser ricas y famosas por contar las historias de gentx marginalizadx y donde la mayoría ama recorrer casualmente las narrativas de quienes son oprimidxs, no nos corresponde despolitizar esta realidad. Hay una historia increíblemente larga de esto (preguntale a los estudios afroamericanos al respecto alguna vez, nosotrxs lxs personxs trans no inventamos nada nuevo (excepto el género)).

Esto no significa que no podés contar las historias de grupos de personas a los que no pertenezcas, solamente que necesitás estar atento a tu posición relativa respecto de ellas, y a cómo tu privilegio te posibilita hablar por sobre ellas e incluso por sobre sus propias experiencias. Tenés este poder, independientemente de que lo quieras o no, y he visto tantos creadores ejercitarlo como respuesta a sentirse criticados o atacados por personxs que disentían con ellos.  Es difícil no hacer esto, pero hacerlo es también el mínimo indispensable de tu responsabilidad personal. A menudo, muchas personas con privilegio me expresan cómo ahora tienen miedo y están nerviosas porque los hice conscientes de esto y frente a eso les digo: bien, exactamente el punto. No tenés que escribir realmente sobre nosotrxs, y no es como que nos estás extendiendo alguna oferta magnánima por dignarte a hacerlo. Es tu decisión, así que asumí la responsabilidad. Somos más que capaces de contar nuestras propias historias, y las maneras en las que encajamos en la narrativas hegemónicas son asquerosas y retorcidas y hay ejemplos ilimitados de historias que activamente nos dañan, sin importar sus supuestas intenciones.  Muchas personas aman a las mujeres trans cuando son lindas y frágiles y tímidas y necesitan aprobación, y escriben narrativas donde muestran eso. Yo soy linda y frágil y tímida, pero también soy fea y enojada y arrogante, y aún así merezco existir. Las historias que infantilizan también terminan siendo un maleficio.

Este es el contexto y la cultura alrededor de la creación narrativa, hablemos ahora acerca de las narrativas en sí mismas. Primero diré que, si bien es cierto que en teoría podés hacer  investigación para entender a la gentx marginalizadx, es posible demostrar una falta de conocimiento asombrosa acerca de lo que sus vidas y experiencias son realmente. Voy a decir que más o menos puedo darme cuenta si una historia fue escrita por una persona trans o no, pero lo que quiero decir realmente es que puedo decir cuán conscientes están de nuestras experiencias, de cómo el género funciona realmente en la cultura, sobre las sutilezas sociales y físicas de la transición, y todos los pequeños detalles que efectivamente conforman nuestras vidas. Y debería especificar también que esto se centra frecuentemente en las experiencias de personxs trans blancxs y occidentalxs: nuestras reglas y nuestras ideas cuidadosamente elaboradas en teorías no son ampliamente prevalentes en nuestra propia cultura, y usualmente son fundamentalmente diferentes afuera de ella.

Es por esos motivos que expresé un fuerte desacuerdo con leer historias que fueron claramente creadas bajo marcos teóricos e ideas fundamentalmente diferentes sobre el género y la identidad que las que hemos aceptado comúnmente. Esto aplica tanto para las historias que provienen de culturas que entienden el género de un modo muy distinto a los occidentales blancos como para las personas cis que están fascinadas con nosotrxs, aun cuando no somos ni remotamente lo mismo (me estoy enfocando en cómo leer historias creadas por voces occidentales ignorantes/transfóbicas sin embargo, porque son las que estoy calificada para entender y desmenuzar). ¿Cómo hablás de una mujer trans en una historia dirigida por un hombre cis que fundamentalmente piensa en las mujeres trans como hombres? ¿Cómo hablás de un personaje andrógino de género no binario acerca de quien el autor se refiere por su asignación de nacimiento, aun cuando el personaje tilda casi todas casillas que marcan nuestras etiquetas de genderqueer? ¿Cómo aplicamos etiquetas que el autor ni siquiera se imaginó a personajes que podrían ser desarrollados con una transfobia tan caricaturesca que no presentan ningún parecido con algún ser humano?

La respuesta corta es “muy cuidadosamente” y acá está la distinción que quiero marcar: la diferencia entre vernos como nuestros posibles seres en una historia que teja un hechizo, e identificar y desmantelar historias para romper un maleficio. La primera es creativa, la segunda es crucial. Marcar la distinción es importante porque necesitamos existir en nuestros propios términos. Usualmente, es ciertamente frustrante demandar reconocimiento de personas que parecen interesadas en tocar nuestras experiencias pero no en honrarnos, pero también es peligroso pensar en pelear por representación solamente en términos de pedir ser vistos. Trabajar para hacer que la constante ola mortal de la cultura popular sea menos tóxica es genial, pero no es un sustituto para las historias que son realmente nuestras. También es importante porque nos deja entender y usar y encontrar cosas para amar en esas historias sin ceder un centímetro respecto de criticar sus problemas. Con tantas críticas enfocadas en la totalidad de una obra (esto ES feminista, esto NO ES feminista) el objetivo se convierte en defender moralmente los consumos culturales propios en lugar de entender la sutileza de una obra. Es tan importante como, por ejemplo, ver la expresión de género de un personaje ficticio como una posibilidad para la materialización propia de la feminidad trans tanto como lo es entender cómo las maneras en las que ese personaje existe en esa historia podrían reforzar la transfobia de otros modos. Podemos hacer ambas cosas a la vez. Podemos identificar los modos en que una historia no nos entiende o reconoce a la vez que encontramos partes con las que nos identificamos. Podemos hacerlo sin avergonzarnos mutuamente o creando para la hegemonía dentro de parámetros críticos o de expresiones de narrativa queer o trans. Podemos honrar lo que es significativo para otras personas y el valor en eso por sí mismo, a la vez que no cedemos cuando tenemos que señalar sus defectos. Así es como creamos el mundo.