El momento #MeToo de los videojuegos y la tiranía de la fragilidad masculina

Traducción al castellano del articulo Gaming’s #MeToo Moment and the Tyranny of Male Fragility de Laurie Penny, publicado el 6 de septiembre de 2019 en WIRED. Advertencia: discusión de suicidio, abuso sexual y emocional, machismo, explotación laboral y problemas de salud mental.

Después de la muerte del presunto abusador de Zoë Quinn, los trolls han intensificado sus quejidos, trayendo a cuento la pregunta, ¿de quién es la salud mental que intenta proteger la sociedad?

La industria de videojuegos está teniendo su momento #MeToo y la respuesta negativa ha sido veloz y brutal. Desarrolladores y creadores están hablando valientemente en público sobre décadas de explotación, incluso a manos de figuras respetadas que han contribuido a franquicias amadas. La respuesta ha sido la indignación moral—no porque haya una epidemia de hombres lastimando mujeres y encubriéndose entre sí, no porque el acoso sexual haya sido tolerado tácitamente dentro de la industria, sino porque las mujeres hayan tenido el atrevimiento de quejarse.

A esta altura, las mujeres y personas queer ya saben cuánto cuesta confrontar la violencia masculina. Le desarrolladore Zoë Quinn, que ya se ha enfrentado al acoso virtual más tóxico como enemigue número uno de Gamergate, habló públicamente la semana pasada sobre el extensivo abuso emocional y sexual que sufrió a manos de su expareja, el desarrollador Alec Holowka. (Quinn usa pronombres neutros.) Otras personas, incluyendo Albertine Watson, han hablado públicamente del comportamiento de Holowka. Al igual que Quinn, y como la mayoría de las personas que han sido sujetas a abuso físico, sexual y emocional, pensaron que elles habían sido les úniques—hasta que alguien rompió con el silencio.

Les colegas de Holowka en el popular juego Night in the Woods rápidamente cortaron lazos con él. “Suficientes de las acusaciones son extremadamente plausibles y prácticamente todo lo hemos corroborado con otras fuentes,” escribió Scott Benson en la página de Kickstarter del juego. “No voy a enumerarlas acá, esto no es un juicio, y no le /debemos/ a internet un recuento comprehensivo de por qué tantas de las personas que han conocido a Alec por años han revisado las acusaciones y las han creído.”

Luego, el sábado 31 de agosto, Holowka se quitó la vida. Esta es una historia trágica para todes les involucrades: para la familia de Holowka, para sus colegas, y para las mujeres que presuntamente victimizó a través de los años. Nada se ha demostrado en una corte de justicia, pero les colegas de Holowka han sido particularmente clares en que encuentran que las acusaciones son creíbles. “Las personas que me conocen sabrán que les creo a les sobrevivientes y que siempre he hecho todo lo que puedo para apoyar a les sobrevivientes, las personas que sufren de problemas de salud mental y de enfermedades crónicas,” escribió Eileen Holowka, la hermana de Alec, en una publicación anunciando la muerte de su hermano y “mejor amigo”. “Alec era una víctima de abuso y pasó su vida luchando contra trastornos de estado de ánimo y de personalidad. No voy a fingir que no fue también responsable de causar daño.” Eileen Holowka agregó que, “en caso de que no sea ya soberanamente obvio, Alec *dijo específicamente* que le deseaba lo mejor a Zoë y a todes les demás, así que no usen su dolor como excusa para acosar gente.”

Los deseos de la familia han sido ignorados; la reacción violenta hacia Quinn y otres ha sido incesante. Según la lógica de un ejército de concern-trolls preocupades, Quinn tiene las manos manchadas de sangre. Elle tendría que haber tomado en consideración la fragilidad de Holowka antes de “arruinar su vida”. Elle es peor que une asesine. Quinn borró su cuenta de Twitter después de una lluvia de acoso y amenazas, muchas de la mano de personas que consideran que el crimen principal de Quinn es “incitar acoso”.

El nivel de hipocresía es tan asombroso que es casi impresionante. Las personas, frecuentemente mujeres jóvenes, que se atreven a hablar públicamente del acoso que sufrieron pueden esperar enfrentarse a la humillación pública y represalias privadas. Las mujeres jóvenes pueden esperar ser castigadas por los crímenes que los hombres cometen contra ellas—pero si ellas se atreven a hablar de lo que les ocurrió, ellas son las que están “arruinando vidas”.

La respuesta a la muerte de Alec Holowka demuestra este doble estándar de manera clarísima. El acoso de Quinn y otres no tiene nada que ver con una preocupación por Holowka y su familia y tiene todo que ver con aplicarle un castigo ejemplar a mujeres y personas queer que se atreven a hablar públicamente. El mensaje es claro: la salud mental de los hombres es más importante que la de las mujeres. El sufrimiento y autodesprecio de los hombres se tratan como un asunto público, porque los hombres tienen permitido ser personas reales con sueños y vidas interiores que importan. ¿A quién le importa, entonces, cuántas mujeres destruyen en el camino?

Para un pequeño pero violento y dedicado sector de gamers, la humanidad de las mujeres hace mucho que es una propuesta insultante. Ahora parece que un grupo significativo de hombres que hacen y diseñan juegos ha entrado en la costumbre de tratar a las mujeres como NPCs: desechables y reemplazables. Las acusaciones no son simplemente de violación. De hecho, muchas de las acusaciones no son para nada sobre violencia explícita y física. Eso es lo que tiene extra confundides e indignades a la brigada “Me cago en tus sentimientos, ética en el periodismo de videojuegos”.

Odio ser la que tiene que dar esta noticia, pero “no ser un violador múltiple condenado” no es, de hecho, la cumbre del buen comportamiento masculino. La mayoría de las maneras en las que las mujeres son marginadas, acosadas, desgastadas y explotadas dentro de industrias como la de videojuegos, frecuentemente cuando están al principio de sus carreras, son más insidiosas que eso. Lo suficientemente insidiosas para que muchos de los patrones más perniciosos de comportamiento no sean, de hecho, criminales—en parte porque las normas jurídicas para la violación, como memorablemente escribió Kate Millet, no están colocadas al nivel de las experiencias reales de las mujeres, si no justo por debajo del nivel de coerción que los hombres consideran aceptable. Y esa vara es tan, tan, tan, tan baja que es sorprendente cuántos siguen quedándose cortos al saltarla.

Nadie está haciendo de cuenta que todo esto es fácil. Y nadie está diciendo que los sentimientos de los hombres no importan—incluso si esos hombres son abusivos. Conozco un buen número de hombres que han sido disciplinados por su comportamiento en público, y sí, esos hombres han sufrido. Como escribe la psiquiatra Lundy Bancroft en Why Does He Do That?, “Un hombre abusivo merece la misma compasión que un hombre no abusivo, ni más ni menos. Pero un hombre no abusivo no usa su pasado para maltratarte. Sentir pena por tu pareja puede ser una trampa, haciéndote sentir culpable por resistirte a sus comportamientos abusivos.”

La amenaza de que los hombres van a caerse a pedazos o lastimarse si las mujeres se rehúsan a soportar sus comportamientos es una táctica de control inmemorial, probada y aprobada, y se aprovecha de cuestiones de identidad profundas y candentes. Las mujeres son educadas para poner los intereses de los hombres antes de los propios. Se espera de las mujeres que protejan a los hombres de las consecuencias de sus acciones. Incluso si significa quedarse en una relación abusiva o aceptar el ostracismo social y la humillación, se espera que las mujeres sufran para que los hombres puedan crecer. La mayoría de las mujeres y personas queer han sido educadas para tratar las emociones de los hombres con respeto y deferencia, incluso al costo de su propia felicidad, porque la mayoría de nosotres fuimos criades con la idea de que cuando los hombres se enojan, pasan cosas malas. También los hombres, incluso los hombres decentes y no machistas, crecieron con esta idea—que el sufrimiento masculino simplemente importa más que otros, si no, ¿por qué se trataría como un asunto público?

He estado ahí. He sido la persona luchando para no priorizar el dolor de un hombre, y conozco lo difícil que es romper y salir de esa mentalidad. Una de mis ex parejas y ex amigo cercano es un violador múltiple que abusó sexual, física y emocionalmente de incontables mujeres, incluyéndome a mí. Cuando algunas de sus víctimas empezaron a juntar las piezas de lo que hizo, nos aseguró que se quitaría la vida si se volviese público. Le creímos. Sabíamos que era frágil, habíamos aceptado su narrativa de que abusaba mujeres por la misma razón que abusaba las drogas y el alcohol—porque sufría y no podía controlarse. Usaba la misma combinación de amenazas y debilidad performativa que aparece en el manual estratégico de todo narcisista, nos convenció de que era demasiado poderoso para que nos opusiéramos a él y que al mismo tiempo era demasiado débil para sobrevivir a que lo responsabilizaran por sus acciones. Cuando las historias de todos modos se hicieron públicas, a pesar de sus mejores esfuerzos, no decidió terminar con su vida. Pero sí, sufrió. Las personas a las que se las hace responsables de años de abuso frecuentemente sufren—y sus víctimas no son responsables por ese sufrimiento. Al igual que Zoë Quinn no es responsable por la decisión de su presunto abusador de quitarse la vida. Fue su decisión herirle a elle, y su decisión herirse a sí mismo.

Les propongo una idea: ¿Y si las personas empezaran a pensar en los efectos sobre la salud mental de las víctimas antes de tomar la decisión de abusar, amedrentar y violar? Las mujeres dentro del desarrollo de juegos—como las mujeres dentro del entretenimiento, la política, el periodismo y cualquier otra industria que ha sido perturbada por acusaciones #MeToo—hemos aprendido a no hablar sobre nuestro agotamiento, nuestro dolor y nuestro trauma. Hemos aprendido a dar la impresión de ser cuidadosamente neutrales, e interminablemente razonables, para esconder la depresión, el miedo y la ansiedad. Por cada hombre cuyo comportamiento ha sido justificado por sus problemas de salud mental, hay innumerables mujeres y personas queer cuyos problemas de salud mental han sido convertidos en armas en su contra, para desestimar lo que dicen. El riesgo que la violencia masculina representa para la salud mental de las mujeres—las mujeres que han sido acosadas y abusadas tienen mucha más probabilidad de ser diagnosticadas con ansiedad, depresión y estrés postraumático, y hasta 13 por ciento de las víctimas de violación intentan suicidarse—no se considera digno de comentario.

Esto es lo que ocurre dentro de industrias donde los hombres tienen la mayoría de la experiencia y la antigüedad—y, crucialmente, es también cómo se perpetúa el poder masculino. Las mujeres abandonan silenciosamente las profesiones y los lugares de trabajo donde son heridas, degradadas y aisladas rutinariamente. El dolor es llevado en privado por las mismas víctimas, y por redes de mujeres llevando a cabo una limpieza emocional profunda para que los hombres no tengan que ser confrontados con el daño que han hecho.

Es trabajo, y te desgasta. Yo soy una persona con dos trabajos, y este fin de semana pasé por lo menos ocho horas que no me sobraban conteniendo amigues que han sido puestes en situaciones exactamente como éstas, situaciones donde no tienen poder. Si no has estado al tanto de esa esfera liminal, si no conocés el trabajo diario que lleva mantener esos delicados zarcillos de cuidado, entonces bien te podría parecer que esto está surgiendo de la nada. Si no sabés cómo se siente ver a una amiga silenciosamente replegarse sobre sí misma mientras te cuenta sobre un hombre que ambas conocen, sobre lo que hizo y por qué nunca podrá decir nada al respecto, porque él puede demoler sus sueños con solo un gesto, y lo haría, y ya la ha herido lo suficiente—si no has necesitado aprender, a costo propio, que la fragilidad de los hombres poderosos, volátiles, es un peligro mucho mayor que su fuerza—entonces bien podrías preguntar, ¿Por qué ahora?

Mis dedos están temblando, justamente, con todas las historias que no estoy contando acá porque no son mías para compartir, y porque las consecuencias no serían solo mías para soportar. Secretos que te comen por dentro. No quiero pensar en la cantidad de tiempo que he pasado en estos últimos cinco años lidiando con las consecuencias de la violencia masculina, dando consejos, tratando de mitigar daños, intentando proteger sobrevivientes. No quiero pensar en eso porque la mayoría de los hombres en mi vida y en mis campos laborales no tienen que usar sus energías en cosas así.

Algunos días se siente como que todo el mundo ha sido tomado rehén de la fragilidad masculina. A veces parece que no hay límite a lo que se espera que las mujeres, chicas y personas queer tienen que tolerar para proteger a los hombres de un momento incómodo de introspección. A veces ya no sé en quién confiar. Hay tantos hombres que parecen ser aliados pero que todavía no consideran que su propio comportamiento íntimo hacia las mujeres sea para nada relevante a la conversación. No sé quién resultará haber encubierto a su amigo violento, o haber desquitado su baja autoestima sobre su novia, o aislado a mujeres más jóvenes hasta que se fueran de su industria por no haber salido en una cita con él. Solo quiero saber: ¿Y si decidiéramos preocuparnos por el bienestar de las mujeres que han sido abusadas tanto como nos preocupamos por el bienestar de los abusadores? ¿Cómo sería vivir en un mundo, o trabajar en una industria, en la que las consecuencias sociales de lastimar a una mujer pesaran más que las consecuencias sociales de serlo?